Zulema La Paz Valderrama: una vida dedicada a servir a los demás
Hoy queremos invitarlos a conocer una historia que merece ser escuchada y recordada. La de una querida vecina que, durante muchos años, ha entregado su tiempo, su esfuerzo y su cariño al servicio de los demás.
Soy Pedro Moreno Mella y tuve el agrado de conversar con mi vecina , doña Carolina Zulema La Paz Valderrama. Para sus amigos y para quienes la conocemos en el barrio, simplemente… “la Zule”.
A sus noventa y cuatro años, nos sorprende con su vitalidad y una admirable memoria. Escucharla es recorrer calles, conocer antiguas familias y descubrir cómo era nuestro querido Barrio Prat mucho antes de que tuviera el aspecto que conocemos hoy.
Esta es su historia.
De Chiloé a Mina Elena
Zulema nació el veintiocho de enero de mil novecientos treinta y dos.
Su padre, Eduardo La Paz Andrade, era oriundo de Chonchi, Chiloé. Como tantos chilotes, llegó a Magallanes buscando trabajo y una oportunidad para salir adelante.
Primero se estableció en la estancia Punta Rocallosa, en isla Riesco. Más tarde, su camino lo llevó hasta Mina Elena.
Por el lado materno, sus abuelos también habían emprendido un largo viaje hacia estas tierras australes.
Juan de Dios Valderrama, veterano de la Guerra del Pacífico, y Eulalia Parada Sanhueza provenían de la zona de Penco y Concepción. Junto a su hija Benita, quien sería la madre de Zulema, llegaron a Magallanes para comenzar una nueva vida.
Fue en Mina Elena donde Eduardo y Benita formaron su familia y criaron a sus tres hijos: Eduardo, Zulema y Roberto.
La vida en el campamento estaba marcada por el trabajo y el esfuerzo compartido. Benita colaboraba en la preparación de alimentos para alrededor de diez trabajadores de la mina.
Mientras tanto, Zulema cursaba buena parte de sus primeros estudios en la escuela del campamento.
Entre las labores de los adultos, las clases y los juegos de los niños, fueron transcurriendo aquellos primeros años que todavía conserva en su memoria.
A comienzos de la década de mil novecientos cincuenta, con el cierre de la explotación carbonífera, la familia dejó definitivamente Mina Elena.
Su destino fue una casa que poseían junto a Plaza Esmeralda esquina Luis Uribe , en el Barrio Prat.
Pero el trabajo minero seguiría presente en sus vidas.
Su padre comenzó a trabajar en Mina Vulcano, en el sector de la Reserva Forestal, al otro lado del río.
Se levantaba alrededor de las cinco de la mañana y caminaba hasta la faena. Lo hacía en verano y también en los duros inviernos magallánicos.
Con el tiempo pudo cambiar de oficio y comenzó a trabajar en un aserradero de la familia Marinovich, en el Barrio Sur.
Así fueron abriéndose camino. Con largas jornadas y el esfuerzo cotidiano de una familia que buscaba establecer su hogar.
Los recuerdos de Plaza Esmeralda
Entre los recuerdos que Zulema comparte aparece una Plaza Esmeralda muy distinta de la actual.
Ella la describe con una palabra sencilla: un “peladero”.
Aquel espacio era también un lugar para jugar y encontrarse con otros niños y niñas del sector.
En su memoria siguen presentes Yolanda Navarro, la “Chica Guerrero”, Carmen Cifuentes y tantos compañeros de aquellos años.
Había muy pocas casas. Algunas se levantaban en calle Zenteno. Todavía no estaban la escuela ni la iglesia que, con el tiempo, llegarían a ocupar un lugar tan importante en la vida del barrio.
Durante una etapa de su infancia, Zulema asistió a la antigua Escuela Número Tres de Niñas, ubicada en Avenida España con Angamos, donde hoy se encuentra el centro AGACI.
Como les ocurrió a muchas niñas de su generación, dejó los estudios tempranamente para comenzar a trabajar.
Aprendió modas y sastrería. Trabajó con modistas del sector de Teniente Serrano y, posteriormente, en una sastrería de calle Maipú con Chiloé.
Es un oficio que recuerda con cariño. Disfrutaba ese trabajo y lo aprendido durante aquellos años.
Un hogar junto a la plaza
En diciembre de mil novecientos cincuenta y cuatro, Zulema contrajo matrimonio con José Melchor Álvarez Andrade.
Al principio vivieron junto a sus suegros. Después, su padre le regaló una pequeña mediagua en Luis Uribe ciento sesenta y cuatro, junto a Plaza Esmeralda, dentro del terreno familiar.
En una sola pieza comenzó a levantar su hogar.
Ese lugar sería parte de una vida estrechamente unida al barrio, a sus vecinos y a los cambios que fueron transformando el sector.
La vocación de ayudar
Después de la muerte de su padre, Zulema comenzó a participar más activamente en la Parroquia Cristo Obrero.
Primero colaboró durante las misas. Luego se incorporó a distintas labores de acción social.
Recuerda una época de mucho trabajo comunitario. A través de Cáritas Chile recibían canastas familiares y las distribuían entre quienes más las necesitaban, especialmente en los sectores altos del barrio.
Más adelante participó en la Conferencia de San Vicente de Paúl, que funcionó inicialmente en la parroquia y después en una casa de Pasaje Bermúdez.
Fueron años de conocer las necesidades de otras familias y de buscar la manera de acompañarlas.
Pero su compromiso también la llevó hasta el hospital.
Muchos vecinos la recordarán con su característico uniforme de Dama de Rojo.
Cada viernes por la tarde llegaba al antiguo Hospital Regional, ubicado a pocas cuadras de su casa, para realizar sus labores de voluntariado.
Cuando el hospital se trasladó al sector de Avenida Frei, Zulema continuó participando. La distancia cambió, pero sus ganas de ayudar siguieron siendo las mismas.
Durante años mantuvo ese compromiso. Finalmente, la pandemia puso término a una labor que recuerda con especial cariño.
Su historia nos permite reconocer cuánto puede significar la presencia constante de una persona dispuesta a colaborar.
Una memoria que nos reúne
Hoy, escuchar a Zulema es acercarnos a una parte de la historia de nuestro Barrio Prat.
En sus recuerdos encontramos a las familias que llegaron desde Chiloé y desde el centro-sur del país. A los trabajadores de las minas y los aserraderos. A las modistas, los escolares y los niños que jugaban junto a la plaza.
También encontramos a quienes organizaron la ayuda para sus vecinos y dedicaron sus tardes a acompañar a otras personas.
La plaza cambió. El barrio creció. Muchos de aquellos lugares ya no existen como ella los conoció.
Por eso sus recuerdos son tan valiosos. Nos permiten conocer de dónde venimos y reconocer a las personas que han contribuido a construir nuestra comunidad.
Gracias, querida Zulema, por recibirnos y abrirnos las puertas de tu memoria.
Gracias por compartir la historia de tu familia, tus años de trabajo y tu cariño por este barrio.
Y gracias, especialmente, por tantos años de servicio a los demás.
Soy Pedro Moreno Mella y esto fue Crónicas del Barrio, en La Voz del Barrio.
Seguimos escuchando a nuestros vecinos… y compartiendo las historias que nos unen.





















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