( Año 1943) La Nostalgia al recordar nuestra niñez en el Barrio Prat…
- 5 abr
- 3 min de lectura

A continuación una historia de Humberto Aqueveque, de Calle Riquelme 94
“Recuerdo con cierta nostalgia mi niñez por el año 1950, en que la ciudad de Punta Arenas, era la Perla del Estrecho de Magallanes, la pasé junto a mis padres y hermanos y que ahora puedo valorar más.
Aqui escuchas el AUDIO...
Esa niñez dió paso a los juegos, estudios y obediencia, aprendí a temer a Dios y a las malas noticias de la radio. No sabía leer mucho y escribir menos, mis juegos los marcaron la nieve y la escarcha, el viento, el frío y todo era nuevo.
Las costumbres rígidas, cómo obedecer y ser útil, almorzar juntos, reunirnos en aquella mesa larga de madera de pino, en que sus maderas dejaban arrugas.
No se podía hablar ni reír, no interrumpir la conversación del papá y la mamá.
Había que agachar la cabeza, cuando mamá informaba de alguna desobediencia, de malas notas en la tarea, que llegábamos tarde, seguro que había castigo, de un reto, no salir a jugar, a la cama sin once y sin tener otra actividad. Pero lo más grave eran los correazos por el trasero y dolía hasta sentarse.
Había que ayudar en casa, me tocaba cortar la leña con mi hermano mayor, en el cobertizo, colocaba un rajón de leña y trazábamos en diez u once partes, luego picábamos y dejábamos en la leñera, teníamos que llenar la carbonera que estaba junto y detrás de la estufa, picar las astillas era otro rato, dejarlas secar, poniendo las al horno como a las siete de la tarde y cuando se solía ese olor a leña, estaba listo.
Eso me recuerda al tostado, el café y su molienda, un olor rico, acogedor, se respiraba desde el patio, eran tres tazas café entero para tostar, dejándolo molido en un frasco y mamá cuando hacía café, lo filtraba por una bolsa de género y nos daban leche con “Toddy” y pan con dulce de ruibarbo.
Mi amigo, el “Copito”, un perro, entre policía y huacho, del barrio, pero guardián, era el caballo que tiraba el trineo, me lengüeteaba la cara y hacía fiestas con la lengua, movía su cola, poniendo sus patas en mi pecho, como se lanza jadeando. Salía a buscar el palo, cuando se lo tiraba y me lo traía, en fin su gracia era rodar en la nieve.”
Cuando nevaba, lo primero era limpiar la calle y la vereda, usar una bola de nieve, hacerla rodar con mucha dificultad ya que por su peso no la podíamos, volvíamos a hacer otra y la juntábamos para hacer el mono de nieve.
Un juego divertido y creativo solo teníamos que cuidarnos de los sabanones, al mono le colocábamos una zanahoria de nariz y carbones de ojos, bufanda al cuello, eso le daba autoridad. El gorro de lana le daba autoridad, duraba poco por los pelotazos de nieve que recibía, había que defenderlo.
Siempre me atrajo el cielo y en una oportunidad vi aterrizar un avión Manutara, frente al muelle Prat, desde el techo de la casa que era mi observatorio.
Jugábamos con rajas de leña, que apilados como ruca servía para guardar el carbón y los trozos que cortábamos, era la ruca de los indios.
Los juguetes, un caballo hecho del palo de una escoba, una quijada de capón era la pistola, los sables y las flechas eran de madera. Las películas eran mudas, interpretadas por los tres chiflados, tarzán y unas que no me recuerdo.
A mi madre, la veo haciendo pan, derritiendo los chicharrones y sacando la grasa que mezclaban con la levadura para sus sabrosas empanadas, las sopaipillas, calzones rotos y panqueques.
Cuando me bañaba, lo hacía en un medio barril.
Extracto Libro “Historia Viva o Ritual de la Memoria” de la Biblioteca Pública Numero 47 Gobernador Oscar Viel.




Comentarios